En el recuerdo " Visita a los Sagrarios 2019"

Un año más y tras la anulación del desfile de las estaciones del Jueves Santo por la tarde, debido a la previsión de lluvia que finalmente no se materializó como se esperaba, los "Enlutaos", ya bien entrada la noche, al filo del Viernes Santo y con puntualidad británica, comenzaban sus lecturas tras un toque de baquetas en la Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe.

Tras la primera lectura, el momento de reflexión y la cuadrilla de "Enlutaos", con la seriedad y solemnidad de un corazón compungido, se levantó y abandonó el templo.

Ya una vez afuera del templo, el presidente-cuadrillero rompió de nuevo el silencio con sus baquetas, y los tambores enlutaos, llenaron por completo el silencio de la noche, como el estruendo de una tormenta, y enfilarón tras el secretario, hacia su primera parada en la calle Nueva, dónde las gargantas sedientas se remojarón con el caldo de las botas que el alpatana tuvo a bien facilitanos para hacer mas leve la penitencia. Los jóvenes con ansia parece que penaban y les sabía a pura gloria, y los mayores con más calma al grito de "la bota" conseguian algunas gotas de aquel preciado parabien en dichos momentos.

La conversación, la típica en aquellos momentos releyendo las lecturas aquellos que las llevan, preguntando por los hermanos del Cristo del perdón para saber si habría cruce, mirando al cielo para ver si nos respeta el momento, contando algún chascarrillo y descansando las piernas sentados sobre el tambor.

Y entre tanto ya se pasó el momento, el presidente-cuadrillero nos requiere a levantar la sentá, y seguir adelante con destino incierto, temporizando los pasos y la caminata para llegar a cruzarnos con la procesión del silencio, disfrutando del toque largo y sin interrupciones y al ritmo que marca el corazón negro del enlutao de Jueves Santo Noche "Pepe Mata Culata Culata". Y estas que hemos llegado a la puerta de Casa La Tercia, y repetimos las sentá, esta vez más breve aún si cabe, se pide la bota, se comenta el toque y alivian los pesares y continuamos el camino tras la indicación del cuadrillero.

Enfilamos con la duda de cada año la cuesta de la Carrera. Se nos encoge ese corazón enlutao cuando a lo lejos ya vemos la negrura del silencio, mientras los espectadores nos rebasan a izquierda y derecha con la prisa y la incertidumbre de saber si este año nos cruzaremos.

Y por fin llegamos a la sombra, el enlutao se funde con ella, la noche nos respeta y la luna nos alumbra en la oscuridad de las estrechas calles del casco antiguo, aguzamos el oído, los quiebros y requiebros de las calles nos obligan, más que nunca, a mantener el compás, a bajar el volumen, a escuchar al de al lado, a sacar el eco de nuestras cabezas y a buscar los guantes relucidos de luna del compañero y mandar nuestros zurres a la par, entre tanto se abren callejas que nos dejan ver los olivares lidantes, su reflejo y nos hacen sentir en aquella tierra, dónde Jesús se dejó el alma, haciendo más vívidos los recuerdos de las palabras que hoy en las lecturas vamos leyendo.

De repente la gente se apretuja, con alguna que otra reprimenda al público que no guarda silencio, que rompe la solemnidad del espíritu negro que llevamos, hemos llegado a Madre de dios, ya escuchamos las cadenas de nuestros hermanos, que arrastrándose por el suelo, nos recuerdan el sufrimiento y pesar de una pérdida que nos haría a todos libres, y aquí está el crucificado llevado por nuestros hermanos alumbrado por unos faroles que hacen de la sombra algo precioso, suena la campanilla, toque de baquetas, todo se para.

El cura, cómo voz de la Iglesia, entona su estación. El público enmudece, las cadenas ya no suenan, los tambores tampoco, las manos a la espalda, la vista al infinito, el oído a la palabra, la mente a la reflexión y el corazón al cielo.

Y de nuevo la campanilla rompe el trance. El toque de baqueta despierta las manos entumecidas en el frío de la noche y los brazos como cansados, acompañan de nuevo el rozar de las cadenas, enfilamos a Santa María la Mayor, más serios, más dolidos y más libres gracias al sacrificio de Jesús.

Salvamos el escalón de la entrada, las suelas resuenan en el templo a los pasos del enlutao, y en altar de nuevo leemos las palabras que para nosotros dejaron los evangelistas. Momento de silencio tras la lectura, reflexión, toque de baquetas y todos en pié, ahora nos esperan las monjas en Madre de Dios.

Ellas como cada año, tras las rejas, nos observan, nos esperan y acogen en su pequeño templo, y allí tras toque de baquetas realizamos la lectura, que como siempre se finaliza tras la reflexión con un toque de baquetas. Ordenados salimos de Madre de Dios, dirigimos una última mirada a las monjas, cómo un hasta luego, para algunos será pronto para otros el año que viente, y enfilamos a la últlma parada, en "nuestro rellano" que mira al pueblo que és Baena y al pueblo que fúe, que nos observa con eterna quietud.

La luna nos ha abandonado, las nubes se congregan, el toque ya ha parado y las piernas descansan en la sentá sobre el tambor, el alpatana nos alivia y esta vez nos brinda pan, bacalao y aceite, como el padre que vela por sus hijos, al tiempo el presidente-cuadrillero nos regocija, comunicándonos que este año sí, San Bartolomé nos espera abierta, y para allá marchan raudos algunos hermanos para velar en sus puertas, entre tanto nos caen las primeras gotas.

Pasamos el frio del rellano y con las gargantas y panza llena, enfilamos a San Bartolomé, los hermanos velando en las puertas nos dan la bienvenida, como el hijo pródigo que vuelve a casa, al entrar nos invade el recuerdo de otros años que no fueron, y aquellos que si que fueron, y finalmente procedemos a la lectura. Luego reflexión y toque de baquetas, salimos animados, contentos por la noche pasada, el tiempo nos respetó y a la salida nos explayamos, el toque acompaña y el alma se alegra, el presidente-cuadrilleno ya prende sus baquetas las agita en el aire, se tocan, y tras los 3 chasquidos de la madera, todo acaba "Pepe Mata Culata Culata".

 

 

 

 

 


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